Firma de Oscar M. Prieto (http://oscarmprieto.com/)
Fotografía de Rafa R. Palacio

Distribuidos siguiendo un plan no concebido –propio del azar y de lo silvestre– en la superficie de la ciudad se encuentran edificios en construcción. Junto a estas obras se han levantado unas gradas o bancadas de aula magna en las que, a lo largo de toda la jornada, puede verse a gente sentada, atendiendo a los avatares de la obra, con el mismo interés que demuestran los buenos alumnos por las “lecciones magistrales”. A las gradas se accede a través de unos tornos iguales a los de los estadios.

Los obreros –que en nada se diferencia de los obreros de otros universos–, enladrillan el perímetro exterior –dejando los vanos correspondientes para las ventanas y ventilaciones–. Es sentarme, y con el primer ladrillo que veo colocar, experimento un placer sereno.

La lluvia, más que amenazar –demasiado burdo para su educación–, se insinúa, como los muslos de una amante adolescente. Pese a ello, o tal vez, por ello, nadie abandona su asiento a pie de obra. ¿Quién sería capaz de sustraerse al encanto de empaparse hasta el tuétano tierno de los huesos? No hay ningún cartel que pida o exija silencio, así que este silencio es libre, espontáneo y expresivo hasta lo poético.

Todos estamos pendientes de la colocación del último ladrillo que cierra la hilera.
Ha encajado perfectamente. Satisfacción, íntima, sin aplausos. Los obreros vuelven a tirar la cuerda, el nivel, 20 centímetros más arriba. Es el primer paso para otra fila más, el que marca la dirección. Los que observamos nos sentimos crecer también, a nuestra escala.

Creo que ya voy entendiendo.

Lee la firma de Oscar M. Prieto en el ExPERPENTO de abril-mayo de 2014: