Firma de Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio

Patacosmia tiene el mismo status que esas islas en las que nunca ha nacido nadie y en las que nadie nunca morirá. Es un universo al que se llega y del que se va. En esencia, Patacosmia es movimiento. Más que un lugar, es tiempo.

En este aquí dotado de ubicuidad, las cosas aparecen. No están –pues estar es un modo de ser prolongado–. Aparecen, solo cuando las descubres, cuando llegas a ellas intencionadamente o por casualidad, incluso por error.

El entorno –mares, árboles, coches, farolas, mobiliarios…–, el medio y los otros, no abandonan el estado nouménico en el que aletean y alcanzan el nivel de ser de los fenómenos, hasta que no se actúa sobre ellos. Es algo así como el blanco de los huevos fritos, que no se desprende de su ser transparente, no aparece hasta entrar en contacto con el aceite.

Más que la televisión, la realidad aquí, en Patacosmia, es interactiva y uno no puede dejar de sentirse un poco creador. Cuando te vas, todo lo que era hasta ese preciso instante, desaparece sin dejar huella ni memoria. Solo es posible el contacto, el sentido, la vida, en el presente.

Sí, ciertamente, tiene algo de fugaz, pero está libre de cargas. Creo que me adaptaré bien.

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