Firma de Oscar M. Prieto
Foto de Rafa R. Palacio

Por supuesto que en Patacosmia también existen estaciones. No obstante, debido a la intranquilidad y sospecha que aquí generan los ciclos largos –ya sean prolongados en espacio o en tiempo– se accedió a un sistema estacional, que algunos adjetivan como “ciclotímico”.

En esencia, es tan sencillo como establecer que cada día cuente con su parte alícuota de primavera, verano, otoño e invierno. Siendo esto así, tal es el respeto por el individuo, que en una de las cláusulas del covenant se establece que si alguno quisiera –porque su ánimo así se lo indicara– permanecer un día entero en primavera, o en cualquiera de las otras estaciones, podrá hacerlo sin necesidad de pasar por las restantes.

Mientras pensaba en este reparto, me había quedado hipnotizado por el violeta de las jacarandas, cuando, sin aviso, como todo lo que sucede aquí, ha llegado el anochecer. A alguno le puede resultar curioso, pero a nadie le ha parecido mal el hecho de que se presente así, sin anunciarse. La luna –ustedes ya saben cómo es–, ha hecho acto de presencia media hora más tarde. Ha entrado sin prisas, distraída con lograr verse en un diminuto espejo-pitillera para ponerse el rímel en sus largas y oscuras pestañas. Al pasar a su lado, uno dice: “Huele a miel”. Otra, al ver como contonea sus blancas caderas: “Es una presumida”. Una mujer mayor la ha confundido con un hoyo de golf en el que hubiera caído un puñado de cal y nadie ha sugerido que esté loca, al contrario, han alabado la metáfora.

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